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El Barón de Eroles
Miércoles, 24.05.2006, 17:22 (GMT+1)

EL BARÓN DE EROLES
O LA CONTRADICCIÓN DE UNA ÉPOCA

Si existe un momento de la moderna historia de España y Cataluña que marca un hito entre el pasado y el presente, no cabe la menor duda que debemos buscarlo en los albores del siglo XIX. Reafirmándose las ideas de la Revolución francesa, contemporizan el nacimiento del liberalismo y el auge del absolutismo; la península se ve invadida física e intelectualmente por los franceses; el sentimiento individualista del español encuentra su cauce de dramática expresión en la acción guerrillera; el imperio se desmorona, la economía da tumbos, la incertidumbre y la inseguridad se apropian de las voluntades; el capitalismo y el socialismo incipiente se enfrentan en dura batalla que va a durar hasta nuestros días.

En este caos que no encuentra solución pacífica y racional a sus problemas encontramos a un hombre, reflejo exacto de la época, que entre éxitos y caídas va desarrollando una corta pero intensa existencia llena de tantas contradicciones como puede ser capaz una personalidad a medio camino entre la genialidad y la locura.

Don Joaquín de Ibáñez Cuevas y de Valonga, Barón de Eroles, marqués de la Cañada, capitán general del Ejército y del Principado de Cataluña, abogado, miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Caballero de la Orden de Carlos III y de la Cruz Laureada de la Militar de San Fernando, comendador de la Orden de San Luis y oficial de la Legión de Honor del reino de Francia, guerrillero y vocal de las Regencias de Urgel y Madrid, vio la luz en Talarn, la antigua Theaso de los romanos, en 1784.

Su infancia transcurre en el seno de una noble familia catalana, asentada en el Corregimiento de Talarn, a la sazón pequeña y próspera villa que luchaba denodadamente para no perder un protagonismo comarcal secular que finalmente tendría que ceder en 1833 a favor de su vecina Tremp.

Por sus estrechas callejuelas entre señoriales fachadas de antiquísimos edificios, va transcurriendo la infancia de Joaquín. Sus juegos se desarrollan entre las ruinas de un majestuoso castillo y de vetustos torreones desde los que observa el maravilloso escenario natural que cierran las sierras de Boumort y del Montsec a cuyos pies discurre el Noguera Pallaresa que riega la fértil vega.

A temprana edad, con la experiencia juvenil de sus correrías por la agreste morfología de su cuna natal, presagio de sus éxitos futuros como guerrillero, toma hatillo y libro y se dirige a Cervera donde se licencia en leyes en su antigua Universidad.

La invasión francesa que Cataluña sufre como adelantada de la península hacia Europa, le sorprende dirigiendo un modesto bufete de abogado en el que desarrolla su personalidad intelectual adquiriendo método y disciplina.

La traicionera actitud francesa con sus antiguos aliados los españoles, a los que aboca a una derrota épica en Trafalgar, verdadero golpe de gracia del que no nos recuperaremos, enciende las más nobles y airadas pasiones en un pueblo que se ha visto invadido sin disparar un solo tiro. La traición francesa y los problemas interiores que España sufre como consecuencia de la ambición de personajes cortesanos, tan ineptos como miopes y tan intrigantes como corrompidos, insufla patriotismo al pueblo que se lanza a las calles y caminos improvisando autoridad, ejército y guerrillas, armamento y política de circunstancias, tanto interior como exterior, poniéndose confiado en manos de no menos improvisados líderes entre los que se encuentra nuestro personaje.

En tan solo diecisiete años, los que transcurren entre 1808 y 1825 en que muere en Madrid, el barón de Eroles desarrolla una activísima vida que le lleva a destacar, aunque por diferentes motivos, en cuatro aspectos tan distintos como interesantes, el político, el militar, el guerrillero y el académico.

El 14 de junio de 1808 es nombrado delegado de las Juntas Generales del Corregimiento de Talarn para tratar todos los asuntos de importancia que se derivasen de la lucha contra las tropas napoleónicas.

Cuando aún se oyen, rompiendo contra las crestas de Montserrat, los victoriosos redobles del tambor del Bruch, Eroles no se conforma con ser el encargado de suministrar al ejército los aprovisionamientos que Talarn y el resto de la Comarca amorosamente recolectan y crea en 1809, a sus expensas, un batallón de 1.600 jóvenes con el que entra de lleno en el fragor de la batalla cosechando éxito tras éxito.

Su bautismo de fuego lo recibe en Molina de Rey, batiéndose contra las tropas del famoso Saint-Cyr. Vertiginosamente se suceden sus actuaciones en Vilafranca, Piera, Abrera, Arbós y Martorell. En Gerona lucha con Álvarez de Castro. Cae prisionero pero pronto se evade de suelo francés y regresa en 1810 a las filas de los defensores del suelo patrio. Se persona en Vich donde enciende con sus palabras el coraje de sus defensores; pelea en el Ampurdán, en Tarragona y en Montserrat; libera Cervera y Lérida; hace prisionera a Peñíscola; recupera Mequinenza y Monzón.

Estos éxitos corren paralelos a su progresión en el escalafón militar de forma tan irregular como rápida. Coronel en 1810, asciende a general de brigada en mayo del mismo año y a teniente general tres años después. La vida civil queda atrás y su único norte serán su casaca de paño azul con vueltas encarnadas y el encendido patriotismo que le guía en su lucha contra las tropas francesas, codo con codo con otros insignes catalanes que constituyen la columna vertebral de la defensa del Principado, ora al mando de tropas regulares, ora al frente de valientes guerrilleros de Miqueletes y Somatenes. Su nombre aparece unido en la historia con los de Francisco Rovira, Jaume Simán, Valentín Gros, Joan Clarós y Miláns en Cataluña, y los de El Empecinado, Espoz y Mina, Merino, Porlier, Renovales y Romeu en otras regiones españolas, sin cuyo concurso Napoleón no habría salido por los Pirineos humillado como en ninguna otra nación europea en su fracasado sueño imperialista.

En 1816 es nombrado miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Curtido en los campos de batalla, su discurso versaría sobre “Aníbal y sus guerras”, desarrollando una intermitente carrera de académico que la muerte truncó prematuramente como luego veremos.

Cuando las Cortes de Cádiz aprobaron la famosa Constitución de 1812, pronto se pudo ver que la Asamblea se dividía en dos grupos irreconciliables, liberales y moderados, haciendo sombra a un tercero compuesto por nostálgicos partidarios del absolutismo. Nuestro personaje, al contrario de otros guerrilleros que optaron por el liberalismo, se apuntó al tercer grupo y en l820, al llegar el llamado “trienio constitucional” abandona Barcelona y se retira nuevamente a su villa natal. Pero pronto, su espíritu inquieto le mueve a acceder a la propuesta del marqués de Mataflorida para sumarse junto con el arzobispo de Tarragona para constituir en la Seo de Urgel una regencia de los absolutistas contra el gobierno constitucional. Un antiguo compañero de armas, Espoz y Mina, es el encargado de hacerle frente, derrotándole en La Pobla de Segur y obligándole a huir a Francia. Cuando el duque de Angulema al frente de los Cien mil hijos de San Luis restablece el absolutismo, el barón de Eroles regresa a España y colabora en la organización de la nueva regencia, siendo premiado por el monarca con la Capitanía General de Cataluña cuyo cargo ejerce los años 1823 y l824, sucediendo, curiosa circunstancia, a su antiguo amigo-enemigo, Espoz y Mina.

En 1825, estando en Madrid, muere nuestro personaje envuelto en un misterio que la moderna historia aún no ha podido aclarar. La locura que le llevó a la tumba impidió, cuando aún disfrutaba de una madura juventud, su afirmación como académico y un protagonismo político y militar en el sector ultra del absolutismo de consecuencias imprevisibles dado su prestigio y experiencia.

La Historia está llena de hechos que ni el tiempo es capaz de juzgar porque el inexorable brazo de la providencia, con la infinita sabiduría del Todopoderoso, es la que dispone el “cómo” y el “cuándo” sin que el hombre sepa entender bien el “por qué” de las cosas. El barón de Eroles, fruto de su época, es un personaje al que España y Cataluña deben mucho y exigen más. Quedémonos con su actuación guerrillera, militar y académica y guardemos un respetuoso silencio sobre su pensamiento político que él juzgó, con la libertad a la que todo ser humano tiene derecho, como procedente y moralmente ético.

D. EMILIO FERNÁNDEZ MALDONADO
General de Brigada de Infantería DEM

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RECTIFICACIÓN:

He recibido un amable mensaje de un joven aficionado a la historia, Javier Martín-Portugués, que me aclara un significativo error en el artículo referido al lugar exacto donde murió el barón de Eroles y que, fruto de una investigación poco rigurosa en 1991, cuando lo escribí, situé equivocadamente en Madrid.

En aquellos tiempos, sin que ello quiera significar una disculpa, la socorrida y eficaz presencia de Internet no era posible por lo que las fuentes utilizadas se quedaron cortas.

El señor Martín-Portugués me hace saber lo siguiente: ““Según conocen algunas gentes de Daimiel (Ciudad Real), y también recoge algún libro editado en la localidad (Historia de Daimiel, Santos García-Velasco Martín de Almagro), el general Joaquín Ibáñez Cuevas falleció en Daimiel cuando pasaba por esa localidad a su regreso de los baños de la Fuensanta, el 22 de agosto de 1825. Sus restos fueron sepultados en el coro bajo de la parroquia de Santa María la Mayor de esta localidad. Según parece fueron profanados durante la guerra civil, pero aun hoy en esta iglesia hay una lápida que dice lo siguiente:

Aquí yace el excelentísimo señor don Joaquín Ibáñez, barón de Eroles, capitán general de los exercitos. Caballero Gran Cruz de la real orden de Carlos III, y de la 4ª clase de San Fernando, comendador de la orden de San Luis y oficial de la Legión de Honor. Falleció el 22 de agosto de 1825, a los cuarenta años de edad, después de haber prestado a su rey y patria esclarecidos servicios. Su familia perdió un esposo y un padre tierno y sus amigos un buen amigo. El rey y la religión uno de sus más ilustres defensores. Rogad a Dios por él.

De justicia es y supone el mejor homenaje que se puede hacer a la historia el rectificar y así lo hago constar esperando que mis amables lectores sepan disculpar el error y la corrección sirva para evitarlo a partir de ahora a quienes indaguen en la biografía de nuestro personaje.

Mi agradecimiento al señor Martín-Portugués.

16 de junio de 2008

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