Martes, 21.10.2014, 12:19 (GMT+2) Inicio FAQ RSS Enlaces Mapa web Contactar
 
 
::| Palabra:       [Búsqueda avanzada]  
 
Menú  
Noticias ASASVE
El Rincón de Asasve
Premio Roger de Llúria
Base de Datos ASASVE
Academia General Básica Suboficiales
Artículos VIP Asasve
   » Colaboradores VIP-CIVIC de ASASVE
   » Colaboradores VIP-FAS de ASASVE
   » Últimos artículos de ASASVE
ASASVE Galería imágenes
Instituciones y Organismos
Fuerzas Armadas
Inspección General del Ejército
ASASVE Vídeos FAS
Cultura de Defensa
Asociaciones cívico militares
Reservismo y Reclutamiento
Bibliografía FAS
Enlaces TOP Defensa
ASASVE Miscelánea
ASASVE Webs amigas
Aviso legal
 
::| Encuesta
¿Qué opinión le merece Portal ASASVE?
Excelente
Muy buena
Buena
Regular
Mala
 
 
Artículos VIP Asasve » Últimos artículos de ASASVE
 
El ejército francés de Napoleón durante la Guerra de la Independencia 1808-1814 - II parte
Lunes, 04.08.2008, 02:28 (GMT+2)

EL EJÉRCITO FRANCES DE NAPOLEÓN DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA 1808-1814

SEGUNDA PARTE

LA GUARDIA IMPERIAL

La Guardia Imperial francesa eran las unidades de elite del ejército napoleónico y habían evolucionado a partir de los Guardias de Cónsules y de la Guardia Consular. Se convirtieron en el ejército dentro del propio ejército. Napoleón creó sus propios batallones, regimientos y divisiones que estaban directamente bajo sus ordenes, como un ejército propio al servicio de Napoleón. La Guardia Imperial se componía de tres secciones:

VIEJA GUARDIA: La flor y nata del ejército francés, esta fuerza se componía de los veteranos con más tiempo en servicio (de 3 a 5 campañas) Estaba compuesta por 8 compañías de unos 100 hombres cada una y estaba bajo el mando de una capitán.

GUARDIA MEDIA: Consistente en soldados veteranos con un mínimo de 2 a 3 campañas en servicio. Compuesta por cinco compañías de 200 hombres cada una, comandadas por un teniente.

GUARDIA JOVEN: Inicialmente constituidas por veteranos que hubieran combatido al menos en una campaña, así como por brillantes jóvenes oficiales.

Los Guardias Imperiales se agrupan en batallones y todos estaban regidos por viejos guardias, que habían ascendido desde cero. Y los requisitos para formar parte de la Guardia eran:

  • Medir como mínimo 1’83 en el caso de los Granaderos y 1’73 en el caso de los Cazadores.
  • Haber servido como mínimo 10 años en el ejército para ser componente de la Vieja Guardia y siete u ocho años para la Guardia Media o Joven. Y por supuesto haber demostrado valor en la batalla.
  • Saber leer y escribir
  • Llevar bigote obligatoriamente. Mientras que los zapadores llevarían barba y los miembros de la Vieja Guardia llevarían el pelo largo recogido en coleta y pendientes.

En la Guardia Imperial no tan sólo había franceses, sino también belgas, holandeses, polacos, irlandeses, mamelucos y tártaros entre otros. Los efectivos de la Guardia Imperial desde 1795 eran los siguientes:

  • Período del Directorio (1795-1799): 2.590 soldados
  • Período del Consulado (1799-1804): 22.000 soldados
  • Período del Imperio (1804-1815): 455.000 soldados

LAS AMBULANCIAS VOLADORAS

Ya a fines de 1792, Dominique Jean Larrey, joven médico de provincia reclutado por el ejército en marzo, utilizaba ambulancias de su propio diseño para el ejército del Rin. Larrey se convirtió en un cirujano que, en las guerras napoleónicas, creó el transporte por ambulancia e introdujo los principios de la sanidad militar moderna, realizando los primeros triajes en los campos de batalla. Atónito ante la obsoleta organización sanitaria militar propone una innovación estratégica que de hecho representa la concepción de la sanidad militar moderna. Hasta entonces, los soldados heridos en combate permanecían en el campo de batalla hasta la finalización del enfrentamiento, a veces hasta 24 horas después del inicio de las hostilidades. Sólo entonces los heridos eran evacuados hasta el hospital de campaña que, según las ordenanzas, debía de situarse a unos cinco kilómetros del campo de batalla. Larrey observó que era distancia y tiempo suficientes para que la mayor parte de los heridos falleciera antes de recibir ayuda. Todo ello contando que los soldados tuvieran la suerte de pertenecer al bando victorioso. En caso contrario los heridos eran abandonados o rematados en el mismo campo de batalla. En agosto de 1797, creó una unidad de ambulancias para el ejército de Napoleón en Italia. Esta constaba de tres divisiones de 113 hombres, cada una bajo el mando de un comandante cirujano y un equipo de 14 cirujanos más. Había 25 ordenanzas de a pie y 12 ordenanzas montados también equipados para curar a los caballos. Estos hombres vestían unos fajines de lana roja, que podían usar para transportar a los heridos. Cada división contaba con 12 ambulancias ligeras, ocho de 2 ruedas y cuatro de 4 ruedas. La ambulancia de 2 ruedas tenía la forma de un cubo alargado con dos pequeñas ventanas a los lados, y puertas de doble batiente delante y detrás. En el interior, cuatro rodillos permitían deslizar el suelo, con su colchón forrado de cuero, para transportar a dos heridos acostados. Los paneles laterales estaban forrados hasta unos 30cm del suelo. Las pistoleras de las sillas de montar fueron transformadas en bolsas de transporte para material sanitario. Su propuesta era seguir la vanguardia del ejército y evacuar a los heridos durante la batalla, lo más rápidamente posible. Las ambulancias volantes tuvieron su bautismo de fuego en la batalla de Landau, en el transcurso de la cual Larrey fue herido en una pierna, pese a lo que siguió operando.

El éxito fue total, y Larrey fue destinado en 1793 a París con el fin de organizar un servicio de ambulancias volantes para todo el ejército. Conoció a Napoleón en Toulon en 1794, cuando Larrey fue destinado como Cirujano en Jefe al ejército encargado de recuperar Córcega a los ingleses y Napoleón era un prometedor comandante de artillería. Siguió a Napoleón en todas sus campañas, desde la de Italia en 1797 hasta Waterloo in 1815, a lo largo de casi 18 años. Larrey sirvió en un total de 25 campañas, con 60 grandes batallas y 400 enfrentamientos menores. Napoleón siempre le tuvo en gran consideración. No en vano, le consideraba un elemento importante en sus campañas por el efecto que la nueva organización en la evacuación de los heridos ejercía en la moral de la tropa. Tras las campañas de Córcega, España y Oriente, regresó a Francia y recibió de Napoleón el título de barón y el nombramiento de cirujano honorífico de los Chasseurs de la Garde (cuerpo de guardia personal del Emperador). Fue citado por Napoleón en su testamento en Santa Elena con estas palabras: «Para el cirujano del ejército francés barón Larrey dejó la suma de cien mil francos. Es el hombre más virtuoso que he conocido. Ha dejado en mi espíritu la idea de un verdadero hombre de bien».

En 1809, hacia la época de la batalla de Wagram, Larrey era el inspector general de los servicios médicos y cirujano de la Guardia Imperial. Dio su propio relato de la batalla: “Con mi ambulancia, seguí los movimientos de la Guardia hasta el último momento... Curamos a los heridos... en el campo de batalla, pero cuando estos fueron demasiados, envié una estación de avanzada para curar a los heridos en el frente... antes del anochecer ya había unos 500 hombres heridos. La mayoría había sufrido la metralla de los cañones y requerían cirugía mayor”. Aún así, la mayoría de los heridos no serían recuperados hasta cuatro o cinco días después y sufrió los horrores de la fiebre, la insolación y los insectos. Fue extraordinariamente popular entre los soldados, quienes le denominaban «la Providencia del soldado» desde que fuera bautizado con este sobrenombre en la campaña de Egipto. Estableció un orden de prioridad en la asistencia a los heridos independiente del rango que ostentasen e incluso del ejército al que perteneciesen. En numerosas ocasiones atendió a heridos de los combatientes enemigos, ganando también entre ellos el reconocimiento de su abnegación. Durante la decisiva Batalla de Waterloo, el Duque de Wellington quedó sorprendido por la visión de una ambulancia francesa en proximidad de la vanguardia del ejército británico. Cuando el general fue informado de que el cirujano que atendía a los heridos en la ambulancia era Larrey en persona, el duque de Wellington, conocedor de su fama, se quitó el bicornio y le saludó con esta expresión, «Yo saludo el honor y la lealtad de tal doctor». Acto seguido, ordenó redirigir la línea de fuego para salvaguardar al cirujano y su ambulancia. Esta consideración le salvó la vida al final de la batalla, cuando fue apresado por los prusianos y condenado a morir fusilado, pero escapó de ella por la intercesión, ante el mariscal Gerbhard Leberecht von Blücher comandante en jefe del ejército prusiano, de un médico alemán que había sido alumno suyo y que le reconoció. Conducido ante la presencia de Blücher, éste le agradeció profundamente haber salvado la vida de su hijo, herido y capturado por los franceses en una campaña previa en Austria. Le ofreció alimentos, dinero y salvoconducto para viajar a territorio neutral.

INGENIEROS

Mientras la gloria de los batallones se la llevaban la caballería y la infantería, los constructores de puentes del ejército de Napoleón (pontoneros), se convirtieron en una parte indispensable de la maquinaria de guerra francesa. Las capacidades de sus pontoneros a Bonaparte flanquear al enemigo cruzando ríos cuando el enemigo menos lo esperaba, y en el caso de la gran retirada de Rusia desde Moscú, la actuación de los pontoneros salvo al ejército de la completa destrucción en Berezina. El 25 de junio de 1708 el Rey Carlos XII de Suecia atravesó el Berezina con su ejército para enfrentarse al Zar Pedro el Grande, en la Gran Guerra del Norte, entre 1700 y 1721. Y un siglo más tarde en 1812, el ejército de Napoleón sufriría en las orillas del río Berezina una importante y decisiva masacre en su retirada de Rusia. Incluso hoy en día, la palabra “Berezina”en sinónimo en Francia de “catástrofe” De los 771.000 soldados que invadieron Rusia, tan sólo 40.000 cruzaron el río Berezina, quedando muertos, desaparecidos o prisioneros en Rusia, cerca de 731.000 soldados. Los ingenieros puede que no tuvieran la gloria de la infantería o la caballería, pero Napoleón valoró mucho su trabajo y eficacia, los tenía en gran valor y estima. En el ejército francés llegaron a encuadrarse hasta 15 compañías de ingenieros, la verdad, no eran muchas, pero hicieron un gran trabajo. En los siete meses que duró la campaña de Rusia, desde el 23 de junio al 14 de diciembre, Napoleón perdió no tan solo a 731.000 soldados, sino también 200.000 caballos y 1.000 piezas de artillería. Los rusos por su parte perdieron 500.000 soldados. Napoleón no sería derrotado en Rusia, ya que pudo reunir otro ejército de 500.000 franceses y 250.00 soldados de los países aliados, en total 750.000 soldados.

Al inicio de la campaña, los rusos se enfrentaron a Napoleón con tan sólo 392.000 soldados, divididos en tres ejércitos y dos reservas:

  • Ejército del Oeste; General Mihail Barclay de Tolly, con 159.800 soldados
  • Segundo Ejército del Oeste; General Bragation, con 62.000 soldados
  • Tercer Ejército del Oeste; General Tomasov, con 58.200 soldados

Existían además dos ejércitos de la reserva con 65.000 y 50.000 soldados. Aunque Rusia se esforzó en movilizar a lo largo de la campaña para ampliar sus fuerzas hasta los 900.000 soldados, incluyendo otros 100.000 de caballería cosaca, como fuerzas irregulares, las cuales hostigaban a las fuerzas francesas en su retirada hacia el oeste. Los cosacos estaban bajo el mando del Ataman Ivanovich Platov. Para finalizar el aspecto de la Gran Armee en Rusia, me gustaría destacar una de las acciones más brillantes y valerosas de los soldados suizos de Napoleón. El Emperador le solicitó al coronel Steffinsburg, comandante del 10º Regimiento de Infantería, soldados que habían sido reclutados en el cantón de Argovia, los cuales recibieron la misión de mantener firme la retaguardia para que el ejército de Napoleón pudiera cruzar el Berezina, ante el continuo hostigamiento de la caballería cosaca y de la infantería rusa, unos 30.000 hombres en total. El regimiento suizo, compuesto por 1.800 hombres mantuvo la posición y los ataques rusos fueron repelidos por los bravos y valerosos soldados de Argovia. Napoleón entró en Rusia con 20.000 soldados suizos, tan sólo 300 cruzaron el Berezina aquel 14 de diciembre de 1812. La campaña de Rusia significó un auténtica carnicería, tanto para el ejército de Napoleón como para el ejército del Zar Alejandro I. Pero una de las batallas, que podemos considerar como la más sangrienta de las guerras napoleónicas, fue la Batalla de Borodino o del río Moscova. En aquella batalla se concentró una potencia de fuego jamás vista en un campo de batalla, la infantería disparó 1.400.000 disparos de mosquete, 2.000 disparos por minuto y la artillería disparó más de 100.000 proyectiles. Fue una autentica batalla de desgaste, comparada a cualquier batalla de la Primera Guerra Mundial, incluso podemos asemejarla el primer día de la Batalla del Somme, en 1916, a la Batalla de Nanking en 1864. Las guerras napoleónicas podemos clasificarla como la primera gran guerra europea. En Borodino, todavía hoy es imposible calcular el número total de muertos, heridos o desaparecidos, pero las cifras se acercan a los 140.000 en una sola batalla, entre rusos y franceses. Los ejércitos combatientes tuvieron un total de 15.000 bajas por hora, cada minuto era aniquilada una compañía, y hubo divisiones que perdieron entre el 80 y el 90% de sus efectivos. Divisiones que entraron en combate con 5.000 hombres, re retiraron con menos de 500 efectivos.

El pequeño y profesional ejército británico desempeño un papel esencial en la victoria ante Napoleón y lo hizo como lo que era: la proyección terrestre del arma esencial del Reino Unido, su Armada, la Royal Navy. Lo cierto es que su participación en la Guerra de España fue decisiva por dos razones:

  1. La primera porque prestaron un apoyo psicológico esencial a las tropas españolas, y a las guerrillas que se oponían a los planes de Napoleón.

  2. La segunda porque constituían una permanente amenaza contra el dispositivo francés de ocupación.

El papel del ejército inglés en la Guerra de la Península fue importante, pero no esencial para la victoria. Porque hay que constatar quieran o no los historiadores británicos, que su participación en la Guerra de la Península es secundaría. Porque la verdadera causa de la victoria sobre Napoleón, fue la cohesión entre el ejército, las guerrillas, y los cuerpos francos de somatenes y migueletes. La guerra de España fue ganada no tan sólo por el apoyo conjunto de todas las fuerzas aliadas, sino por el pueblo español, porque no hay que olvidar que el peso de la guerra los llevaron consigo los españoles. Ya que lo franceses no sólo se enfrentaron a un ejército, sino a toda una nación. Aunque hay historiadores ingleses que afirman que sin el apoyo británico, hoy en día España sería francesa. Claro esta que estas afirmaciones son un poco exageradas. Evidentemente al ejército británico no le interesaba que hubiera una hegemonía de un monarca europeo en el Continente; porque ello podía desestabilizar a la Gran Bretaña como potencia emergente, en el control de los mares y la tierra. Por ello, a los británicos les interesaba destruir a Francia, sin importarles que podía ocurrirles a los españoles. Los ingleses no vinieron a España para ayudarnos, preocupados por el devenir de la Península Ibérica. Para ellos, la mejor manera de destruir a Napoleón y debilitarlo, era destruir a su ejército en España. Arthur Wellesley afirmó que era posible la intervención de los ejércitos ingleses en la Península Ibérica. Se debe reconocer que durante la Guerra de la Independencia, las guerrillas produjeron mayores pérdidas a las tropas francesas que los ejércitos regulares. Las guerrillas contribuyeron eficazmente a la expulsión de los ejércitos franceses de España. Aunque tendríamos que comparar las pérdidas reconocidas por el general Bigarre frente a los guerrilleros con las 50.000 bajas sufridas en combate frente a las tropas de Wellesley. Las más importantes fueron Talavera, Albuera, Arapiles y Vitoria.

  • 1809 Talavera: 20.000 británicos y 23.000 españoles, contra 41.000 franceses a los que se hicieron 7.800 bajas
  • 1811 Albuera: 17.000 británicos/lusos y 15.000 españoles, frente a 23.300 franceses que sufrieron 5.400 bajas
  • 1812 Arapiles: 52.000 anglo-portugueses y 3.300 españoles, frente a 50.000 soldados imperiales del mariscal Marmont, los cuales sufrieron 12.000 bajas
  • 1813 Vitoria: 104.500 anglo-lusos-españoles frente a 70.000 franceses que tuvieron 8.000 bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos.

Por ello, podemos decir de forma tajante, que la guerrilla fue quien produjo mayores pérdidas a Napoleón. La cual venció estratégicamente a los ejércitos imperiales franceses, impidiendo que aplastaran, por su número, a las inferiores tropas de Wellington. Un Wellington que ni supo ni quiso reconocer esta decisiva aportación a una victoria que siempre proclamó como exclusivamente suya. Tan sólo el general Bigarre reconoció la trascendencia de la guerra irregular de guerrillas. Pero por otro lado, la victoria de Wellington en Arapiles, a pesar de ser decisiva, no puso fin a la Guerra de la Independencia. Sin embargo, esta batalla marco un punto de inflexión, como sucedió con Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial. Demostró a toda Europa que se podía derrotar a los brillantes mariscales de Napoleón, y que nadie volvería a lanzar a los británicos al mar. Además, el poder de Francia se había debilitado en toda la península. Luego llegaron noticias de Rusia, Napoleón y su Gran Armée habían entrado en Moscú, pero la ciudad estaba ardiendo y Napoleón se vio obligado a replegarse sufriendo las inclemencias del tiempo, de aquel terrorífico invierno ruso. Los franceses habían combatido durante 20 años, desde 1792, y ahora estaban exhaustos. La severa derrota en Rusia, sumada a la “gran herida” de los continuos éxitos de Wellington en España, aseguraron al menos una derrota temporal de Napoleón. Wellington fue nombrado duque por un soberano agradecido, pero en 1815, después de que Napoleón escapara de Elba, Wellington le propino el golpe de gracia en Waterloo, la única batalla en la que se enfrentó directamente a Napoleón. Esta vez no había dudas acerca de quien era el vencedor final. Wellington regreso a Inglaterra, primero como director de la Oficina de Guerra, y después, en 1827, como comandante en jefe del ejército. En 1828, a los 58 años, paso a formar parte de ese puñado de hombres que han servido a su país tanto en el campo de batalla como en los tiempos de paz, acabando por ser elegido primer ministro. Sin embargo, este no fue un período fructífero de su vida, por la naturaleza aristocrática de Wellington y su gusto por la disciplina hacia de él un hombre desconfiado e intento frustrar reformas cuando la época clamaba por ellos. Cayó como primer ministro cuando se declaró contra la extensión del sufragio. Más tarde se desenvolvió como secretario de Asuntos Exteriores durante un período breve, en 1831-1832, y como ministro del gabinete bajo el gobierno de Sir Robert Peel, desde 1841 a 1846. Wellington mantendría durante toda la guerra que la invencibilidad francesa era un mito, como inmediatamente demostraría Castaños y Reding en Bailén: que los regimientos franceses podrían ser vencidos por unidades disciplinadas, capaces de mantener una inexorable muralla de fuego. Se refería a la que sería famosa “delgada línea roja”, por los colores de las casacas de los soldados que mediante la formación en dos líneas, una arrodillada, la otra de pie, mantendrían sin pausa una interminable lluvia de balas sobre el adversario, creando un infranqueable muro de plomo.

Napoleón era un maestro en la conversión de la inferioridad global en superioridad puntual. Las batallas no las ganaba el ejército más numeroso, sino la fuerza más capaz en concentrar en un punto concreto, en el punto crítico, la superioridad local suficiente para quebrar primero, envolver después y, finalmente, destruir al enemigo en el campo de batalla. Napoleón vencía mediante la maniobra, de la que era insuperable maestro. Pero ese martillo encontraría su yunque en Wellesley. El duque de Wellington era un militar de frío criterio: calibraba perfectamente cuales eran las propias limitaciones, las virtudes ajenas. Y sacaba las consecuencias de lo que debía hacerse, de lo que podía hacerse con los ejércitos de los que disponía para enfrentarse, para vencer, a un Napoleón que aparecía indefectiblemente unido al carro de la victoria. Así, frente al ataque-movimiento napoleónico, la única respuesta era la defensa estática inglesa. La única forma de vencerlos era no retrocediendo. Aguantando primero la embestida francesa y avanzando, desordenándolas después. Wellesley conocía muy bien, por propia experiencia, desde los primeros combates contra las tropas francesas en los Países Bajos quince años antes, la impecable eficacia de los ejércitos napoleónicos. Unos ejércitos conscientes de su poderío y con una altísima moral que les proporcionaba la victoria. Wellesley establecía cuatro condiciones que debían cumplirse en la estrategia a seguir en la guerra de la Península:

  1. Abrir los puertos lusitanos al tráfico marítimo inglés. No hay que olvidar que Portugal era aliada de Inglaterra, pero había tenido que cerrar sus puertos al tráfico naval debido a la ocupación francesa, que la obligo a participar en el Bloqueo Continental contra Inglaterra. Por ello el ejército expedicionario inglés debía concentrar su línea principal de acción en Portugal, contando con el continuo apoyo logístico de la Marina inglesa.

  2. Establecer en Portugal una base de operaciones para abrir un segundo frente de operaciones en Europa contra Napoleón. No debían afrontarse riesgos inútiles en batalla. Únicamente se confrontaría con las tropas francesas cuando las condiciones del triunfo fueran suficientemente seguras para los aliados.

  3. Debilitar a Napoleón, obligándole a extraer a sus mejores tropas de la Península, para enviarlas a otros frentes de batalla. En los cuales se estaba presionando a los ejércitos napoleónicos, como por ejemplo fue en la Batalla de Leipzig o más conocida como Batalla de las Naciones en 1813, donde el Príncipe de Swazemberg lideraba la coalición aliada con más de 700.000 soldados que se enfrentaron a los 200.000 franceses bajo el mando de Napoleón. En dicha batalla Napoleón perdería 100.000 hombres, de los cuales 40.000 murieron y el resto resulto herido o capturado. Con ello se debería impedir al ejército francés concentrar sus efectivos de modo que su superioridad en la Península Ibérica significara superioridad en el concreto campo de batalla.

  4. El ejército español debía mantener una resistencia permanente contra la ocupación, con la ayuda material que fuera necesaria (armas, equipos, suministros, municiones) que fueran necesarias por parte de la Gran Bretaña.

A ello debía sumarse la existencia de un servicio de información eficaz, que señalara los movimientos del enemigo. Un enemigo que ante la insurrección popular sobrevenida carecía de un servicio de inteligencia semejante. Y una logística, basada en una buena relación con los habitantes. En España combatieron 74 regimientos ingleses, de los cuales 21 eran de caballería y el resto de infantería de línea o ligera; en total más de 150.000 hombres a lo largo de toda la guerra. Cada batallón de infantería de línea, se componía teóricamente de 10 compañías de 100 hombres cada una, de ellas, una era de granaderos y otra de infantería de línea. Durante la campaña en la Península estuvieron presentes 51 regimientos de infantería de línea y tres de la guardia real. Entre ellos habría que destacar a la elite, dos de las mejores unidades del ejército británico; el 95º Regimiento de Rifles “Royal Hamilton” y el 50º Batallón del 60º Regimiento de la Guardia Real, 79º Regimiento Cameron Highlanders, 91º Regimiento de los Argyllshire Highlanders y el 92º Regimiento de los Gordon Highlanders, estos soldados pertenecían a los duros y valerosos soldados de las tierras altas de Escocia. De las tropas extranjeras al servicio de la infantería que combatieron en la Península hay que destacar a la:

  • King’s German Legión (La Legión Alemana del Rey) que contaba con 5 regimientos de caballería y 6 regimientos de infantería ligera y de línea. En total unos 22.000 soldados procedentes del Reino de Hannover.
  • Oëls Jägers de Brünswinck, con sus llamativos uniformes negros, y una calavera en el colback, constituidos por regimientos de húsares.
  • Y los Chausseurs Britaniques; integrados por soldados franceses emigrados a Inglaterra.

Tanto la Legión alemana del Rey como los Oëls Jägers de Brünswick, combatieron con gran efectividad en la Guerra de la Independencia americana. Concretamente en la Batalla de Saratoga entre el 7 de septiembre al 19 de octubre de 1777. El ejército inglés al mando del general John Burgoyne, lanzo al ataque a sus regimientos de caballería alemana contra las débiles posiciones de la infantería del ejército continental americano, derrotando a las divisiones del general Benedict Arnold y Bill Gates. La caballería británica no disponía ni de coraceros ni lanceros en España, pero sus regimientos de línea, eran auténtica caballería pesada. Los húsares eran regimientos muy recientes en el ejército británico, aunque se les denominaba Dragones Ligeros o Dragones Verdes, por su uniforme. Su arma principal era el sable pesado francés, y una carga de esta caballería era letal para la infantería. Y lo demostraron en muchas ocasiones en la Guerra de la Independencia americana, destrozando las líneas de la Milicia del Ejército Continental con sus cargas. En 1808, de sus 35 regimientos, tres eran de la Guardia a caballo, siete de Dragones de la Guardia, seis de Dragones pesados, quince de Dragones ligeros y cuatro de Húsares, formado en regimientos de cinco escuadrones de entre 60 y 80 jinetes. Intervinieron en España 6 regimientos de Dragones, 3 de la Guardia, 4 regimientos de Húsares y 8 de Dragones Ligeros. El ejército británico utilizó en la Guerra de la Península como ellos la llamaban, once baterías de artillería a pié y varias de artillería a caballo. Cada batería tenía por lo general 6 piezas. También hubo en España un eficiente Grupo de ingenieros y zapadores británicos.

LA INTENDENCIA DE WELLINGTON

A Wellington le encantaba el viejo dicho de que “En España, los grandes ejércitos se mueren de hambre y los pequeños son derrotados” Pero, de hecho, Wellington había establecido un eficiente sistema de depósito de las provisiones. Al basarse en estos y en el pago por los alimentos y el transporte, a diferencia de los franceses, que hacían requisas que lindaban con el saqueo, Wellington fue capaz de mantener a su ejercito bien pertrechado, equipado y concentrado durante más tiempo que sus enemigos. Hacia 1812, Wellington contaba con 37 depósitos de abastecimientos en Portugal y en la frontera, supervisados por la mayoría de sus 87 comisarios civiles y 255 funcionarios. También tenía un nuevo comisariado de vagones, con 1.300 carros, además del tradicional transporte por carretera de bueyes para llevar los pertrechos de los puertos a los depósitos. Cada batallón o regimiento contaba con 15 o 20 mulas, y cada división con 300 o 400 adicionales para su propio transporte. Se pagaba a los muleros un real al día, más un real por cada mula. El río tajo era navegable desde Abrantes y el Duero hasta no muy lejos de Almeida, de modo que también se recurría al transporte fluvial. También había una pequeña caravana de vagones reales con unos 20 vehículos que servían de ambulancias. Wellington escribió sobre la logística de Marmont dos días antes de Salamanca: “El Ejército de Portugal permanece rodeado desde hace seis semanas y las cartas apenas si llegan a sus comandante, pero el sistema de rapiña y saqueo organizado, establecido hace tiempo en el ejército francés, le permite subsistir a expensas de la ruina total del país donde ha sido destacado.”

EL EJÉRCITO PORTUGUÉS

El ejército portugués no puede decirse que tuviera un destacado papel en la guerra de 1808. Ante la huida del gobierno y de la familia real al Brasil, el Rey Juan VI y la Reina María Teresa de Borbón, hija de los Reyes de España. Todo ello, causado por la invasión hispano-francesa, la totalidad de sus unidades seguirían intactas y por orden de Napoleón se integraron en el ejército imperial francés, reorganizado con el nombre de Legión Portuguesa. Después de la rendición de Sintra y la consecuente expulsión de los franceses del mariscal Massena de Portugal. El Convenio de Sintra fue un acuerdo entre las fuerzas de Francia y las del Imperio Británico firmado el 30 de agosto de 1808, a término de la primera invasión napoleónica de Portugal, durante la Guerra Peninsular, en el Palacio de Queluz, de la localidad portuguesa de Queluz, en el municipio de Sintra. Derrotadas las tropas del general Jean-Andoche Junot por las británicas de sir Arthur Wellesley de Wellington en Vimeiro el 21 de agosto de 1808, estas resultaron bloquedas e impedidas de realizar la maniobra de retirada. Sin embargo, el éxito británico se vio alterado por el relevo de Wellesley del mando en favor de sir Harry Burrard que al día siguiente, fue a su vez reemplazado por sir Hew Dalrymple. Ambos generales, veteranos pero de poca experiencia en batalla y de carácter prudente, decidieron entablar negociaciones con los franceses en lugar de aprovechar la ventaja tomada.

La retirada francesa fue considerada de acuerdo con las costumbres de la época, como la de rendición de una plaza y por lo tanto, se permitió la evacuación del territorio de los 20. 900 soldados franceses que fueron embarcados por la flota británica con su equipamiento y bienes, gran parte de los cuales provenían del pillaje al que sometieron a la población portuguesa, siendo conducidos hasta el puerto de Rochefort. Con este acuerdo, los franceses no lograron solamente evitar su tránsito por el territorio enemigo de España, sino que se abrió una gran controversia en la opinión pública británica que considero sus términos como un hecho vergonzante. Posteriormente, una comisión de investigación procesó a Wellesley, quien se había no obstante negado a firmar el acuerdo con Junot, Burrand y Dalrymple en el Grand Hall del Royal Hopital de Chelsea del 14 de noviembre al 27 de diciembre de 1808. Los tres generales fueron absueltos pero sólo Wellesley fue autorizado a retomar el mando de tropas, mientras que Burrand y Dalrymple fueron forzados al retiro. Posteriormente, sir John Moore, que había presidido la comisión, expresó en unas declaraciones el sentimiento de la opinión pública considerando que Dalrymple era un viejo senil, con diferencia el más incapaz de todos los hombres que he visto al mando de un ejército. Todo su comportamiento anterior y posterior demostró que no era más que un insensato.

Tras la llegada del general Beresford, éste tenía la misión, de reorganizar el nuevo ejército portugués. Este ejército estaba formado por 24 regimientos de línea con dos batallones de siete compañías. Cada batallón debía tener 770 hombres, sin contar oficiales y músicas, por lo que un regimiento tenía una fuerza teórica de 1.550 soldados, aunque a lo largo de la campaña diminuyó a 1.300 soldados. Las tropas portuguesas fueron armadas y uniformadas al estilo británico y según fue avanzando la guerra, fueron adaptándose a la forma y táctica de combate del ejército inglés. La infantería ligera contaba con seis batallones de cazadores. Cada batallón tenía 7 compañías de 110 hombres de las que una era de tiradores. Estos soldados vestidos de marrón y armados con el fusil rayado Baker se iban a convertir en toda una leyenda durante la guerra. El fusil rayado Baker, fue diseñado en 1800 por el armero londinense Ezequiel Bakerf. Tenía un cañón de 75cm, con un estriado de cuatro de giro, y con la bayoneta sable calada medía 1’75m. Pesaba 5 kilos, tenía un alcance total de 275 metros, pero al igual que todos los fusiles de aquella época, tardaba treinta segundos en cargarse y fallaba con la misma frecuencia que el mosquete de ánima lisa. En Arapiles fue usado por el 95º Regimiento de Fusileros (Casacas Verdes), por el 5º Batallón del 60 Regimiento (los voluntarios americanos realistas) y, en total, por más de 2.000 tiradores británicos, de los Voluntarios de Brünswick y de la Legión Alemana del Rey; y sin olvidarnos de los 5.000 Cazadores portugueses. Esta fuerza de cazadores de línea o tiradores de elite, fue incrementándose a lo largo de la guerra, tras la disolución en 1811 de la Leal Legión Lusitana, que había sido creada por Sir Robert Wilson con una fuerza de tres batallones de 10 compañías de 100 hombres cada una, más los oficiales. Hacia 1812 había un total de 12 regimientos de “Cazadores Portugueses”, los cazadores de elite o infantería ligera, integrados en el ejército de Wellington. El soldado portugués vestía el nuevo uniforme, introducido alrededor de 1811, de pantalones y casaca marrones oscuro y trenzado con cordones negros. Los regimientos se reconocían por el color de los puños y del cuello y por la franja sobre las polainas en punta. El número del regimiento estaba inscrito en la parte frontal del chacó, en el que también podía observarse una corneta, una escarapela y una pluma de color verde. De las correas de color negro cuelga la bayoneta sable, y el bolso de municiones, donde se llevaban unas balas fabricadas llenando un cilindro de papel encerado con una carga de pólvora. En el calor de la batalla, esto eliminaba la necesidad de cargar la bala y la pólvora por separado. Y por supuesto, el soldado iba armado con el fusil rayado Baker. La milicia portuguesa, tuvo una gran importancia en las operaciones de 1810 y 1812. Portugal estaba dividido en 48 distritos de reclutamiento que aportaban un regimiento de dos batallones cada uno, con doce compañías. Aunque cada regimiento debía tener 1.500 hombres, nunca se llegó a esa cifra. Además, también había una leva de origen medieval, llamada la Ordenanza, que se utilizaba para defender el interior del país. Al iniciarse la invasión francesa, Portugal disponía de 12 regimientos de caballería de cuatro escuadrones cada uno; con 600 hombres por regimiento. Al igual que en España –faltaban monturas--, de un total teórico de 10.000 caballos, tan sólo había monturas para 4.500 jinetes. Hubo también unidades de voluntarios, dirigidas por generales ingleses; como la Leal Legión Lusitana o la Legión de Voluntarios de Comercio de Lisboa.

EJÉRCITO PRUSIANO

Otro de los ejércitos más prestigiosos de la época, pero que no luchó en España, fue el Ejército prusiano, aunque si hubo soldados alemanes de la Confederación del Rin, aliados de Napoleón en la Península, integrados en las unidades francesas. Prusia era una sociedad muy militarizada, orientada desde hacia más de un siglo por sus dirigentes y gobernantes al aprovechamiento de los recursos humanos con fines bélicos. Aunque en el siglo XVIII, tenía una población reducida, su ejército, no era nada desdeñable, unos 200.000 soldados. Tantos como Francia en 1792, a pesar de tener una población cinco veces menor. Los valores militares estaban arraigados entre la nobleza prusiana, para la que era señal de prestigio social el servicio en el Cuerpo de Oficiales. La población civil sufría, más que en cualquier otro estado, los sacrificios que comportaba esta militarización de la sociedad. La derrota de Prusia en 1806 produjo un fuerte impacto, que abrió paso a voces reformistas. Para poder mejorar la operatividad militar del estado prusiano era necesario algo más que la reforma del ejército. La lucha contra el Imperio francés a partir de 1813, después de la derrota de Napoleón en Rusia, se realizó apelando a la movilización nacional, lo que en la práctica supuso poner en pie de guerra a cerca de 300.000 soldados (el 6% del total de la población prusiana), bien, englobados en el ejército regular reformado, bien en la milicia provincial (Landwehr), bien en el cuerpo de voluntarios o en la guerrilla (Landsturm).

BAJAS DE LAS GUERRAS NAPOLEONICAS

Las Guerras Napoleónicas (1799-1815), provocaron las siguientes bajas directas e indirectas:

NOTA: El listado de muertes incluye los muertos en combate o por otros motivos como enfermedad, heridas, inanición, frío, ahogamiento, fuego amigo, atrocidades, etc.

Francia

  • 500.000 muertos en combate
  • 600.000 muertos por otros motivos
  • + de 1.000.000 muertos o desaparecidos en total

Países enemigos del Imperio Francés

  • 600.000 rusos muertos o desaparecidos
  • 400.000 alemanes muertos o desaparecidos
  • 200.000 austriacos muertos o desaparecidos
  • 700.000 españoles muertos o desaparecidos
  • 200.000 británicos muertos o desaparecidos

Total de muertos y desaparecidos en las Guerras Napoleónicas

  • 3.200.000 militares en Europa
  • 1.000.000 de civiles en Europa y en las colonias francesas de ultramar

Es necesario tener en cuenta que estos números están sujetos a considerables variaciones. Eric Durschmied, en su libro El Factor Hinge, proporciona una cifra de 1.400.000 militares franceses muertos por todas las causas. Posteriormente, Adam Zamoyski estima en alrededor de 600.000 soldados rusos muertos únicamente en la campaña de 1812. Esta cifra ha sido revisada también por otras fuentes. Las bajas civiles en la campaña de 1812 fueron probablemente comparables a las militares. Alan Schon estima una cifra de unos 3 millones de militares muertos en las guerras, y esta cifra es una vez más generalmente aceptada. Comúnmente se estima que más de 500.000 franceses murieron en Rusia en 1812, y entre 250.000 y 300.000 franceses murieron en España entre 1808 y 1814, lo cual da un total de 750.000, a los que hay que añadir otros cientos de miles de franceses muertos en otras campañas. Probablemente, alrededor de 150.000 o 200.000 franceses murieron en las campañas en Alemania de 1813, por ejemplo. De esta forma, parece claro que los números que se proporcionan ofrecen una estimación muy conservadora del conjunto. Es imposible hacer una estimación aproximada del número de civiles muertos. Mientras los militares muertos se sitúan de forma invariable entre los 2,5 y los 3,5 millones, el coste en vidas civiles varía entre los 750.000 y los 3 millones. Así pues, las estimaciones sobre el número total de muertos entre militares y civiles puede variar desde los 3.250.000 hasta los 6.500.000 muertos. Por lo tanto con estas cifras podemos hablar de la Primera Gran Guerra Europea, con cerca de 7.000.000 millones de muertos.

CONCLUSIÓN

España había necesitado su Ejército para devolver a su pueblo, la ansiada Paz y tranquilidad, el trabajo y el honor robado a sus hogares por los ejércitos franceses de ocupación. Por ello la Patria, tiene el derecho de exigirnos a todos: sacrificios, desvelos y hasta la propia vida. Por ello no hay que olvidar que la indisoluble Unidad de la Nación Española, patria común e indivisible de todos los españoles, fundamente nuestra PAZ, evitando los trágicos enfrentamientos que asolaron España entre 1808-1814 marcando el designio de los desastres que abarcarían nuestra Patria a lo largo del siglo XIX y XX. Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su unidad e integridad territorial y el ordenamiento constitucional. En conclusión y para finalizar esta reflexión... tenemos que ser conscientes y dignos de nuestros antepasados que tanta sangre derramaron sin pedir nada a cambio..cuando la Patria en peligro les reclamo, y como tal entregaron sus vidas en las gestas mas heroicas de nuestra historia. Y como colofón final deberíamos preguntarnos a nosotros mismos, ¿Qué es, pues el Ejército? El Ejército somos todos los españoles, unidos y organizados en defensa de la Patria. Como dijo el coronel de infantería Siforiano Morón Izquierdo; Es la suma de las voluntades de ¡VENCER! Para la salvaguardia de lo permanente. Este trabajo va dedicado a todos aquellos que dieron su vida para salvaguardar a la Patria de una invasión extranjera. Y a todos aquellos soldados, hombres y mujeres que sirven en nuestras Fuerzas Armadas y que han dado su vida en el cumplimiento del deber. A todos ellos les debemos hoy en día nuestra LIBERTAD de ser españoles.

D. DAVID ODALRIC DE CAIXAL I MATA
Historiador colaborador del Instituto de Historia y Cultura Militar del Ejército.
Historiador colaborador Foundation Ecole Militaire de Saint-Cyr.
Historiador colaborador US Army Military History Institute.
Historiador colaborador The Strategic Studies Institute of the Army War College.
Historiador colaborador del Aula de Cultura de Defensa.
Historiador Colaborador del Museo Nacional Militar del Dia-D (Universidad de Nueva Orleans-EEUU).
Miembro de la Real Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas y Guardia Civil.

 

Artículo e imágenes remitidos a Portal ASASVE por el autor para su publicación.
Se autoriza la reproducción del artículo mencionando al autor  y la fuente.

Los autores de los “artículos de opinión” serán los únicos responsables de que no existan derechos de terceros sobre su contenido (textos, imágenes, gráficos, etc), así como de toda reclamación de derechos de imagen. La "Asociación Asasve Portal de Internet", "Portal Asasve" y José Mª  Navarro Palau se exoneran de toda responsabilidad.

 

Portal ASASVE


Clasificación (Votos: 1)   
    Enviar a un amigo        Imprimir




 
::| Lo último
::| Agenda
Octubre 2014  
Do Lu Ma Mi Ju Vi Sa
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31  
 
Breves en Imágenes

Pulse sobre la imagen y el titular

PREMIO
ROGER DE LLÚRIA

Relación de premiados 21ª Edición. Obras y fotografías premiadas en PDF.

::| Destacado
Virreyes de Navarra
Prim, un personaje polifacético y complejo

 
PORTAL ASASVE
[Arriba]