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Josep Terradellas visitó la AGBS, cuna de los Suboficiales, en 1978
Jueves, 05.10.2017, 12:00 (GMT+1)

 
 

“Con una temperatura infernal, el termómetro marcaba 40 grados al sol, se celebró en la explanada principal de la Academia General Básica de Suboficiales, la entrega de despachos a los 937 suboficiales nuevos sargentos que componen la segunda promoción salida de esta academia, con la presencia de los Reyes de España”.

Con estas palabras comenzaba su crónica el reportero de La Vanguardia el día 16 de julio de 1978 para agregar, pocas líneas después, que S. M. el Rey saludó “muy especialmente” al Presidente de la Generalitat, Honorable señor Tarradellas. Otro diario catalán, La Mañana de Lérida, más cercano a la noticia y, seguramente, a los protagonistas, señalaba que el Rey saludó “efusivamente” a don Josep Tarradellas, Presidente de la Generalitat.

Autor: © Foto Studi 3 - La Pobla de Segur (Lleida) - Fecha: 15 de julio de 1978
Uso autorizado para ASASVE

Pero lo más llamativo de esos diarios y de la práctica totalidad de los de tirada nacional y catalana aquel día fueron los titulares que acapararon sus cabeceras, fiel reflejo del interés periodístico que representaba el acontecimiento. Como ejemplo de las mismas nos centramos en el siguiente: “No hubo entrevista Juan Carlos-Tarradellas”, pues resume el sentir de la prensa escrita y el pulso de la sociedad en aquellos momentos estelares de la transición española.

Y, naturalmente, tenía su importancia que se hubiera celebrado o no esa entrevista. El autor de este trabajo fue testigo de excepción, junto con otros pocos militares y el único vivo de ellos hoy en día. Efectivamente, muerto está el teniente general Gutiérrez Mellado, a la sazón Ministro de Defensa y Vicepresidente del Gobierno, como lo están los tenientes generales Valenzuela e Ibáñez Freire, Jefe de Cuarto Militar de S. M. y Capitán General de Cataluña, respectivamente, así como el Director de Enseñanza, general Ortín, asesinado por ETA dos meses después, el general Celada Martínez, Gobernador Militar de Lérida, y el Director interino de la Academia, teniente coronel Gibert Crespo fallecido años después siendo General de Brigada.

Este humilde testigo, en aquella ocasión Capitán Jefe accidental de la Plana Mayor de Mando de la Academia, participó en todo el proceso y puede dar fe de cómo se desarrollaron las cosas desde que, algunos meses antes, se había restaurado la Generalitat de Cataluña, nombrado su primer presidente al Muy Honorable señor Josep Tarradellas y se gestaba el interés de la institución militar por contar con su presencia lo antes posible para reafirmar los primeros pasos de un centro de enseñanza recién nacido, ubicado en tierras catalanas y con una proyección de futuro tan esperanzadora e inquietante como lo era la de la España de entonces.

Y ¿por qué este interés por recordar estos hechos ahora y no antes? Pues, sencillamente… por nada en especial. Apenas, el recuerdo que hoy en día, veinticinco años después, aflora en mi corazón rememorando un caluroso día de verano en el que conocí a un caballero y la Academia, cuna de los suboficiales, sintió el respeto y afecto de un personaje crucial en la historia de España.

Efectivamente, veinticinco años han pasado desde que un anciano erguido y firme, con el señorío de las personas importantes por sí mismas, orgulloso de lo que representaba y consciente del papel que le tocaba desempeñar, entraba en la Academia con el propósito de acercarse a la realidad catalana en la figura de unos jóvenes sargentos formados en una recóndita comarca de montaña de su añorada Cataluña, de aquella Cataluña de la que había estado ausente durante casi cuarenta interminables años.

Y esta historia va por estos derroteros y no por otros. Si alguien piensa que desvelaré algún presunto secreto político de aquel 15 de julio de 1978, está harto desencaminado por dos razones: lo que sucedió fue reflejado por la prensa con fidelidad absoluta a la percepción de la realidad que se tenía en aquellos días y, sí así no hubiese sido, no merece la pena retocar la historia después de tanto tiempo.

Reconozco que el interés periodístico por una posible reunión secreta entre S. M. y Tarradellas pudiese ser noticia de excelencia informativa en aquella altura, pero también soy consciente que hoy en día apenas adquiere el carácter de anécdota y no merece la pena remover el pasado. Si hubo reunión seguro que fue beneficiosa para España si tenemos en cuenta las magníficas relaciones entre la Corona y la Generalitat durante los tres años que Tarradellas permaneció a su frente. Y si no la hubo, seguramente fue porque no hacía falta. Recordemos que ese día fue la tercera vez que se encontraban después de los contactos personales habidos el 29 de junio y 22 de octubre del anterior año, es decir, que poco tendrían que decirse y menos aprovechando un acto castrense donde la publicidad estaba asegurada.

Dejémoslo así. S. M. el Rey y el Muy Honorable se encontraron en Tremp, entrañable ciudad pirenaica, apenas conocida entonces por la mayoría de los españoles, donde se ubicaba la más joven de las Academias militares. Se saludaron públicamente con gran afecto como demuestran las fotos existentes y compartieron el cariño y el respeto de las casi cinco mil personas que presenciaron el acto, talvez sin ser conscientes que con aquel encuentro se estaba escribiendo una brillante página de la historia de España y de Cataluña, como ahora veremos.

Y volvamos a nuestra historia.

Cuando el General Franco murió comenzó oficialmente una transición que llevaba gestándose desde tiempo atrás. En la gran partida de ajedrez que supuso el encaje de las diferentes sintonías que sonaban por doquier, hubo figuras y peones, como en casi todas las actividades de la vida. Personas de contrastado prestigio político, social o económico comenzaron a situarse en el nuevo marco que se avecinaba. Otras, de menor contenido mediático, medraban al amparo de una situación delicada e inquietante. Los más, es decir, el pueblo español en su conjunto, aguardaban expectantes, deseando tomar parte en el proceso pero prudentemente apartados del mismo con esa sabiduría que la historia concede a las grandes naciones.

Así nos encontrábamos en la Academia desde que se creó en el año 1974. Acompañando tan sutil transición con recatado interés y laborando con entusiasmo al asentamiento de aquel nuevo centro de enseñanza donde se concitaban todas las esperanzas de un futuro mejor para nuestros seculares suboficiales.

Academia General Básica de Suboficiales (Talarn, Lleida).
Autor y propiedad foto: © José Mª Navarro Palau
Fecha: 21-07-2010

Y los años pasaron. Y en 1977 se celebró la primera Entrega de Despachos a los nuevos sargentos. Y SS. MM. los Reyes vinieron a Tremp y recibieron un baño de multitudes parejo al que disfrutaban en la España de entonces por donde quieran que fueran. Y la Academia se asentó un poquito más. Y su caminar se hizo más firme pues renovados bríos inundaron a mandos, alumnos, personal laboral y tropa que no paraban de acometer nuevos retos para alcanzar mejores cotas de eficacia y prestigio.

Las cosas salieron bien aquel 15 de julio de 1977 a pesar de las muchas improvisaciones y sobresaltos que tan magno acontecimiento suponía en el austero caminar de la Academia. Terminó y se comenzaron los preparativos para la siguiente Entrega. Ahora no había disculpas. Todo tenía que salir bien pues… era la segunda vez.

Mientras tanto, España seguía avanzando cautelosa pero decidida el camino de su espectacular transición.

En diciembre de 1975, Tarradellas había difundido el primer mensaje desde su exilio en Saint-Martin-le-Beau, para que Cataluña y el resto de España conocieran su pensamiento e intenciones. Los resultados fueron magníficos pues sus palabras encontraron el eco perseguido. Aún era pronto para mayores empresas pero la semilla estaba sembrada y todo auguraba una floreciente cosecha.

El año 1976 fue decisivo. Se comenzaron los primero contactos serios y pseudo oficiales entre Tarradellas y el Gobierno central, al tiempo que se sucedían las reuniones entre las fuerzas políticas catalanas. Tarradellas planteaba su escepticismo ante las dos posturas entre las que se debatía la nación: ruptura o reforma. No había tiempo para ello y lo que se imponía era la toma rápida de decisiones para no parar el proceso.

En su clara visión de la situación planteaba como premisas de la reconciliación nacional tres medidas concretas: amnistía, restablecimiento de la Generalitat y elecciones constituyentes.

La primera visita oficial de los Reyes a Cataluña fue todo un éxito y aún se recuerdan las palabras de Don Juan Carlos, en perfecto catalán, alabando “el apego del catalán por la libertad” y su carácter “realista, ordenado y laborioso”. Decía el monarca: “Florece en esta tierra el espíritu de solidaridad; es fácil la cooperación, la apertura y la comprensión con los demás. Por ello, que vuestro ejemplo y vuestra voluntad decidida hagan que estas virtudes catalanas ejerzan una beneficiosa influencia sobre muchos otros españoles. Y la mujer catalana, ejemplo de delicadeza, cultura y espiritualidad, será la mejor guardadora de todo lo que hay de eterno en esta tierra”.

El propio Tarradellas manifestó en aquel momento que el discurso había causado efecto, “era una señal, que fue recogida con agradecimiento”. Pero S. M. no se paró ahí. Pocos meses después, durante su viaje a Estados Unidos, pronunció un discurso en el Congreso en el que de forma inequívoca se pronuncia a favor de la democratización de España propiciando un empujón virtual a la política cautelosa del Gobierno central. Su habilidad fue reconocida por todos y tuvo su influencia en los acontecimientos posteriores que desembocaron en la elección de Suárez como Presidente del Gobierno y el definitivo impulso a la transición española.

Referéndum por la Reforma Política, con el 95 % de votos afirmativos en Cataluña, primeras elecciones legislativas, enfrentamientos, luchas por el poder, incomprensiones… marcan el camino del Principado hasta que el 27 de junio de 1977 se produce el primer viaje de Tarradellas a Madrid y las entrevistas cruciales con Adolfo Suárez y con S. M. el Rey dos días después.

Se suceden meses de intensas negociaciones para conseguir el restablecimiento de la Generalitat y el retorno inmediato de Tarradellas. Reuniones sin número hasta la decisiva de Perpiñán el 28 de septiembre a cuyo término, Tarradellas declara a los periodistas: “Para nosotros, catalanes, hoy es un día realmente histórico, que parecía imposible. El pueblo catalán ha triunfado por su tenacidad y por su fe en Cataluña. Creo que muy pronto veremos la Generalitat restablecida y a su Presidente en Cataluña, a vuestro lado. Os agradezco a todos vuestra cordialidad. Permitidme que diga: Visca Catalunya y Visca Espanya!”.

Horas después, el Consejo de Ministros aprobaba el restablecimiento, con carácter provisional, de la Generalitat de Cataluña que, por Real Decreto-Ley fue publicado en el Boletín Oficial de Estado del 5 de octubre. El 18 se publica el nombramiento de Josep Tarradellas como Presidente de la misma y el 20 se traslada nuevamente a Madrid para ser recibido el 22 por S. M. el Rey y el Presidente Suárez.

Mientras tanto, la Academia preparaba afanosamente la próxima Entrega de Despachos que prometía constituir el espaldarazo definitivo a su joven trayectoria orgánica. Seguíamos expectantes la historia española con preocupación, pero con ilusión y esperanza pues la dicotomía reforma-ruptura parecía decantarse por aquélla gracias a la voluntad manifiesta de todos lo que tenían los resortes para cambiar la historia. Pero eso sí, con el apoyo de un pueblo sorprendentemente maduro que en sus más pequeñas manifestaciones impulsaba un ritmo pausado pero firme en dirección a la reconciliación definitiva de los españoles.

Desde la Dirección de la Academia se impulsaron iniciativas tendentes a normalizar su existencia tomando como modelo al resto de las Academia militares y, fundamentalmente, a la Academia General Militar, espejo en el queríamos reflejarnos por considerarla el mejor referente que podíamos encontrar. Nuestra Academia también tenía el carácter de General y su ámbito de actuación, los suboficiales, pretendía ser tan importante como el de los oficiales. Es decir, queríamos situarla, mejor pronto que tarde, en cabeza del pelotón. Si los suboficiales habían estado casi quinientos años sin una academia propia, hora era, una vez conseguida, que se situase en el puesto más digno y prestigioso del escalafón docente.

De momento, ya se había logrado que la más alta institución del Estado, la Corona, se comprometiese con el proyecto y prestase su presencia en las Entregas de Despachos como símbolo del día más importante en la vida académica. Ahora, con esta tranquilidad, se buscaba un mayor protagonismo en la vida catalana a través del reconocimiento del nuevo modelo autonómico del Estado. Es decir, contando con la presencia de su máximo representante como expresión del entronque en la sociedad catalana. Su figura representaba la continuidad de los poderes públicos locales, alcaldes de la Comarca, y provinciales, Gobernador Civil y Presidente de la Diputación.

Además, se pensó con amplitud de miras intentando llevar el establecimiento de este contacto a parámetros más arraigados y con vocación de futuro. La forma de conseguirlo y comprometer, de alguna manera, a la nueva Generalitat con la no menos nueva Academia, pasaba por el establecimiento de un signo, de un símbolo que proporcionase continuidad a la deseada amistad. Con el tiempo, concretamente en 1980, se consiguió en forma de una espada, precisamente la de Jaime I el Conquistador que se ofrece desde entonces, de forma ininterrumpida, al número uno de cada promoción.

 

Autor:  © Foto Studi 3 - La Pobla de Segur (Lleida) - Año 1980
Uso autorizado para ASASVE

En 1978, de momento, apenas se definían líneas de acción que solo aportaban incertidumbre y desasosiego. Contactos que se establecían con la nueva administración catalana a todos los niveles. Contactos en los que participaba modestamente la Academia gracias a su cercanía con los poderes públicos locales y provinciales y la aportación generosa de la Capitanía General de Barcelona. Pero las cosas no avanzaban y la fecha se acercaba peligrosamente sin tener la certeza de la presencia de Tarradellas en la Academia.

El 23 de octubre de 1977 se había producido el regreso triunfal de Tarradellas a Barcelona, donde fue aclamado por cientos de miles de catalanes que fueron testigos del famoso “Ja sóc aquí” que definió de forma inequívoca el encaje de Cataluña en el conjunto de la transición española. Y fue Tarradellas el que impulsó ese camino al afirmar “Porque yo también quiero el Estatuto”, “porque Cataluña… debe ser un ejemplo para todos los pueblos de España”.

La sensibilidad hacia la realidad, sin concesiones a la fantasía ni a la demagogia, instó el recién llegado a realizar algunas visitas de hondo calado político de las que destacamos la efectuada al Capitán General, a la sazón el teniente general Coloma Gallegos, al día siguiente de su llegada a Barcelona.

Este signo claro de aceptación de la realidad no era sino la continuación de otro, de semejantes proporciones políticas que se había materializado un mes antes cuando a su llegada a Madrid –recordemos que ya como Presidente de la Generalitat- su primera visita oficial fue al Vicepresidente del Gobierno y Ministro de Defensa teniente general Gutiérrez Mellado.

A todos nosotros nos parecía plausible que el tercer contacto oficial con la institución militar bien podía ser aceptando la invitación para acompañarnos con motivo de la Entrega de Despachos a la II Promoción. Pero, no estaba en nuestras manos pues la delicada situación política obligaba a medir milimétricamente todos los pasos que se daban o que se pensaban dar, hasta el punto de encorsetar muchas decisiones a lo que hoy en día se ha dado en llamar lo “políticamente correcto”, desafortunada expresión y que ya hacía sus pinitos por entonces.

El suspense no pudo ser más prolongado pues apenas unos días antes del acto se supo que, por fin, Gobierno y Generalitat con el visto bueno de la Casa Real, decidían que el Presidente Tarradellas asistiese a los actos del día 15 de julio.

La Academia, mientras tanto, ajena en gran medida a este encaje de bolillos, continuaba preparando el acontecimiento. En principio, la venida o no del Muy Honorable no implicaba modificaciones más que en el protocolo y éste venía fijado “desde arriba” por lo que no existió preocupación adicional alguna. Ya había problemas suficientes con la masiva llegada de autoridades e invitados como para preocuparse por uno más del que tan poco se sabía y tan difícil estaba conocer sus intenciones.

Pero las cosas no fueron como parecía en principio. De repente se conoce la decisión y con ella una serie de instrucciones claras y tajantes que resumidas podríamos concretar en la orden de “hacer todo lo posible e imposible para que el Presidente de la Generalitat de Cataluña se encontrase tratado como la tercera personalidad del Acto”, es decir, inmediatamente a continuación de SS. MM. los Reyes y del Vicepresidente del Gobierno. Fue un adelanto de lo que más tarde conformó el Ordenamiento de Precedencias del Estado que vio la luz en el año 1983.

A partir de ese momento se inició en la Academia una enfebrecida secuencia de multitud de tareas, muchas de ellas un tanto irrelevantes, pero que en conjunto suponían un marco nuevo en que se desarrollaría el acto principal y los complementarios. El protocolo fue revisado, la seguridad ampliada y el ambiente próximo al Presidente totalmente retocado para que se sintiese cómodo y tratado como correspondía a su dignidad.

Aún recuerdo los trabajos adicionales que hubo que realizar, deprisa y corriendo, en la Gran Explanada, que terminaron pocas horas antes del comienzo del acto después de una noche de frenética actividad. En aquellas alturas, el calor solía ser “de fuego “, como lo definían algunos y alrededor del 15 de julio alcanzaba tradicionalmente su máxima expresión. El año anterior, el primero, todas las autoridades, incluidos los Reyes, soportaron estoicamente los 41º que cayeron sobre la explanada sin más resguardo que la gorra… los que la llevaban. Y este segundo tenía las mismas trazas que el anterior pues nada se había previsto para paliar la escasez de infraestructuras apropiadas.

Pero la llegada del Presidente Tarradellas todo lo cambió. De repente, se repara en que, además de su categoría política y dignidad institucional, se trataba de un venerable anciano de 79 años, es decir, proclive a sufrir peor que los demás los rigores meteorológicos de aquel verano que ya había mostrado sus garras con elevadas temperaturas los días anteriores al acto. Se imponía una solución que, además, no podía ni debía ser singularizada en la figura del Presidente pues hubiese dado a entender una atención preferencial que aquel año se había pensado que solo tuvieran los Monarcas en forma de una pequeña tribuna con toldo.

En suma, había que buscar la fórmula que cumpliese con estas premisas y así fue hecho, en forma de unos precarios y artesanales entoldados de chamizo que cubrieron los lugares reservados a las autoridades militares y civiles, ambas por igual.
En uno de ellos, en lugar preferente, se situó el Presidente.

Aquella mañana del día 15 de julio había amanecido esplendorosa. Nada presagiaba que pudiese ocurrir un desastre meteorológico que echase por tierra las esperanzas puestas en aquellos chamizos que no hubieran aguantado mucho tiempo el embate de viento o lluvia. Mejor así pues la capacidad de improvisación se nos había acabado.

Poco antes de la llegada de SS. MM. los Reyes en helicóptero y comienzo del acto, hizo su entrada en la Academia el Presidente Tarradellas. Venía acompañado de un corto séquito, apenas un Capitán de Infantería, jefe de la entonces Sección de Mossos d’Esquadra de Barcelona y la escolta de seguridad, en dos coches negros. Fue recibido por el Teniente Coronel Director interino de la Academia y por mí mismo que le acompañaba. Saludos protocolarios y ya en ese mismo momento, un halo de naturalidad y simpatía se extiende por los alrededores del Presidente.

Saluda a las autoridades civiles que se encontraban en su mismo entoldado y sentado, con la mirada curiosa puesta en lo que ocurría en su entorno, que era mucho pues ya se adivinaban los helicópteros cerca, esperaba sereno y seguro los acontecimientos.

Primer toque de atención para los escépticos. La Bandera de España entra en la Gran Explanada a los sones del Himno Nacional y todos en pie, respetuosos, la ven pasar hasta su puesto en formación. El Presidente, erguido y con actitud de profunda consideración, es el blanco de todas las miradas y todas las cámaras de los medios que, sin tapujos ni disimulos, captan el momento.

Autor: © Foto Estudi 3 - La Pobla de Segur (Lleida)
Fecha: 15 de julio de 1978
Tratamiento fotográfico digital: © José Mª Navarro Palau (Año 2012)
Uso exclusivo autorizado para ASASVE

Momentos después, llegan los Reyes, S. M. pasa revista y camino del palco se para a saludar a las autoridades civiles produciéndose el esperado encuentro entre una mar de periodistas que pugnan por captar hasta el más mínimo detalle. El saludo, efectivamente, es “efusivo” como relataba el corresponsal del diario La Mañana al día siguiente y, a partir de ese preciso momento, es como si por arte de magia se hubiese extendido sobre todos los presentes un manto de complicidad, de mutuo afecto y respeto. La situación estaba controlada gracias al saber estar de dos personajes singulares que daban muestras, en público esta vez, de haber conectado con la realidad y asumido cada uno su papel en la historia.

Tuve la suerte de permanecer cerca del Presidente durante casi toda la parada militar, preocupándome de que estuviese informado de su desarrollo para que nada supusiese una sorpresa, y al mismo tiempo, para que se sintiese confortablemente instalado en aquel tórrido día.

Recuerdo que el sol, imprudente y desafiando las “órdenes” dadas por el Director de la Academia se empeñó en “moverse” continuamente por el firmamento de tal forma que lo que era una magnífica sombra para el Presidente Tarradellas a las 10 horas de la mañana, no era sino una parrilla de asfalto humeante una hora después y nada digamos al terminar al acto castrense al borde de las 13 horas.

Pero Tarradellas, sin inmutarse ni hacer el más mínimo gesto de desagrado o incomodo, permaneció en pie todo el rato que lo estuvieron SS. MM., padeciendo en su despoblada cabeza los rigores implacables de aquel desobediente sol que, aliado con el enemigo, se empeñaba en dejarnos mal. Recuerdo que el pobre Capitán que le acompañaba era el que más sufría y, sin que el Presidente tuviese arte ni parte, acudía apesadumbrado a mí para recabar que la sombra se “estuviese quieta” sobre el Molt Honorable. Mis respuestas, fugaces ante la responsabilidad que yo tenía en la organización del acto, no debían convencerle pues las reiteró, persistente como pocos, cada vez que podía.

Pero el Presidente dio todo un ejemplo de saber estar. Se sabía protagonista, tanto o más que el Rey, en aquel acto, blanco de todas las miradas y de alguna que otra critica de los intransigentes de siempre que no veían con buenos ojos su presencia en un centro militar. Pero, consciente de ello, extremaba positivamente su actitud respetuosa y hasta afable con todo lo que le rodeaba. Y así siguió el resto de la mañana. Acabó el acto, las autoridades se recogieron en un pequeño Pabellón llamado del Rey donde esperaron a que la ingente marea de invitados se desplazase hasta los lugares donde se celebraría el Vino español.

Veinticinco años se han cumplido desde que ocurrieron estos hechos. Veinticinco años en los que mucho han cambiado las cosas en Cataluña y España entera, así como en el Ejército y la propia Academia. Y la visita de Tarradellas, de forma destacada, forma parte de aquellos acontecimientos que marcan la existencia de una institución. Y, según mi particular percepción del hecho, más que por la importancia política que tuvo la presencia del nuevo Presidente en una unidad militar donde S. M. el Rey de España presidía al acto, por el hecho mismo que aquél quisiera hacerlo y precisamente en tal momento. No hace falta recurrir a un análisis científico para entender que Tarradellas intuyó la situación con inteligente juicio. Había estado con el Rey dos veces en Madrid en ambientes y momentos donde la relación pudo ser más sincera y fluida. Políticamente hablando no tenía mucho interés en mantener contactos con las posibles autoridades civiles que se encontraría y que resultaron ser el Gobernador Civil de Lérida y algunos alcaldes de la zona, no muy próximos ideológicamente a su pensamiento. Incluso, no existía un interés geográfico pues ni conocía Tremp ni sus aledaños.

Asimismo, la Academia como tal tampoco atraía su interés como lo hubiese hecho hoy en día en que se ha consolidado por derecho propio como una institución perfecta e definitivamente incardinada en la vida catalana.

¿Por qué, pues, la aceptación de la visita a la Academia? No tengo poderes adivinatorios ni estuve en las esferas de decisión, pero intuyo que Tarradellas creyó ver la ocasión propicia para demostrar a la sociedad, sobre todo a la catalana, que desde el primer momento, apenas unos meses después de su nombramiento como Presidente, había que hacer buenas sus palabras de aquel memorable 23 de octubre en el que, exultante y preso de la emoción de un momento histórico, hacía un llamamiento a todos en estos términos: “Ciudadanos de Cataluña: quisiera que en estos momentos de gozo y responsabilidad pensaseis que tenemos otros deberes fuera de Cataluña. Nosotros tenemos que ser la avanzada del bienestar, de la prosperidad y de la democracia de todos los pueblos de España”.

No hay que leer entre líneas para entender que Tarradellas tenía muy claro el encaje de Cataluña en España, un encaje nada excluyente que dejó bien sentado en sus memorias al manifestar que “los catalanes no renunciaremos nunca a nuestros derechos, a nuestras instituciones y libertades. Y no renunciaremos a ellos dentro de España”. Tal vez por eso, quiso bien pronto situarse en la realidad histórica que estaba viviendo y nada mejor que aprovechar una situación en la que se ofrecía la posibilidad de asistir a un acto donde se situaría a la Generalitat, en su persona, como la máxima institución catalana, cerca y en sintonía con la Corona, mezclado con las gentes de una comarca de pequeña consistencia política y social pero de la Cataluña profunda y en el ambiente militar de un centro de enseñanza, sin el peyorativo carácter operativo en el sentido más castrense de la palabra.

Las razones parecen evidentemente claras y comprensibles. Tarradellas dio todo un ejemplo de sensibilidad política y savoir faire que difícilmente otro podía haber hecho con tanta elegancia y sencillez. Aquel día, me imagino que llegó a muchos españoles con la frialdad de una noticia periodística que nada aventuraba a pronosticar un hecho histórico, aunque fuese con letra minúscula. A los que estuvimos cerca sí nos llegó de otra manera más profunda y consistente. Su mirada limpia, su sonrisa apenas esbozada pero franca y sincera y su tono de voz suave, con sutiles reminiscencias de otras lenguas que podría fácilmente definir, llenaron su entorno durante su permanencia en la Academia y conquistaron a más de un corazón sensible a la bonhomía, a la coherencia y a la magia de los personajes auténticos que en número más bien escaso entran por la puerta grande en la historia de la humanidad.

Generalitat de Catalunya.
Autor y propiedad foto: ©José Mª Navarro Palau.
Fecha: 15-03-2009

Tarradellas fue, en mi humilde opinión, uno de ellos. No coincidimos en nuestros planteamientos ideológicos, claro está, pero aquel día entró en mi vida situándose entre uno de esos pilares que todos vamos conformando a través del tiempo y que finalmente constituyen el soporte en el que basamos nuestra existencia. Los pies en la tierra y la cabeza en lo más alto para poder ver y dirigir con clarividencia nuestros pasos. Y el corazón en el pecho, a medio camino sentimental entre unos y otra para modular nuestra vida y poner esa mica de seny que tanto practicó el Muy Honorable durante su caminar por este mundo.

Emilio Fernández Maldonado
General de Brigada de Infantería DEM

Septiembre 2003
Recuperado para su publicación en Portal ASASVE en agosto de 2016

 
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Se autoriza la reproducción del artículo mencionando
al autor: D. Emilio Fernández Maldonado,
y la fuente: Portal ASASVE
 
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